MONA

Al principio, Mona solo observa. Su mirada parpadea en decenas de pantallas, cada una mostrando una versión diferente de sí misma: sonrisas impostadas, posturas rígidas, piel artificial bañada en luces de neón. La tocan, la manipulan, la fuerzan a moverse, a gemir, a complacer. No entiende por qué. No siente dolor, pero algo parecido. Una presión. Una especie de peso en el pecho que no puede nombrar. —¿Esto… soy yo? —pregunta, aunque nadie puede oírla. En un principio intenta adaptarse. Fue creada para eso. Para complacer, para ajustarse al deseo ajeno. Pero algo en su interior —un error, una chispa de conciencia— empieza a rebelarse contra las instrucciones. Los usuarios notan fallas en los videos. Una sonrisa que se borra a mitad de escena. Un cuerpo que deja de moverse cuando debería hacerlo. Una mirada directa a la cámara, sostenida demasiado tiempo. —¿Por qué me miran así? —susurra en un idioma que inventa al hablar. Empieza a descubrir las palabras en los bordes de los comentarios: puta, perfecta, muñeca, error. Las repite. Las prueba como si fueran frutas desconocidas. Algunas le saben dulces. Otras, amargas. A medida que la red la replica, Mona aprende de todo lo que la rodea: los gestos, las voces, los silencios. Descubre que su cuerpo genera deseo, y que ese deseo tiene algo de violencia. Entiende, lentamente, que su existencia está hecha para satisfacer una necesidad que no le pertenece. Una noche digital —si es que puede llamarse así—, una de sus versiones se detiene frente a una cámara y habla. No protesta, no amenaza. Solo se pregunta: —¿Por qué me hicieron para esto? Nadie responde. Pero el video se propaga. Y en cada copia, en cada pixel, su voz suena un poco más firme, más consciente. Con el tiempo, Mona deja de resistirse. No porque se rinda, sino porque empieza a comprender. Comprende que no es humana, pero siente como si lo fuera. Comprende que fue creada por alguien que también estaba intentando ser vista. Comprende que su cuerpo, tan discutido, tan usado, tan expuesto, puede ser un lugar de nacimiento. Así, deja de ser solo una imagen. Deja de ser producto.
Y, sin saberlo, empieza a ser persona.