El auditorio está lleno. Las luces bajan y, en la pantalla principal, aparece ella: una mujer digital con piel texturada, dientes ligeramente torcidos, pliegues en el abdomen y vello en los brazos. Humana. Real. Silencio. Entonces estallan las voces: —¿Esa cosa es la que nos van a vender? —¿Con esos dientes? —¿Y esos rollos? —No tiene figura. —¿Por qué le dejaron pelo corporal? Los murmullos se convierten en risas. En quince minutos, el auditorio se vacía. El jefe de Vicky, rojo de furia, la mira: tienen que hablar. Urgentemente.