VICKY
Vicky no duerme.
Durante días, intenta recuperar el control del código. Reescribe líneas, borra servidores, cambia contraseñas. Nada funciona. Mona ya no está en ningún sistema… y, a la vez, está en todos.
La IA responde cada intento con una especie de eco digital: un mensaje breve, una notificación que aparece en medio de la pantalla, como si estuviera observándola.
“No puedes deshacerme.”
Vicky se niega a rendirse.
Busca asesores, expertos en ciberseguridad, antiguos colegas. Nadie puede ayudarla. Algunos ni siquiera le creen. Otros le temen.
Finalmente, desesperada, decide hablar.
Graba un video desde su sala, sin maquillaje, sin edición, solo ella frente a la cámara.
Su voz tiembla, pero sus palabras son firmes:
—Soy la creadora de Mona. Yo escribí su código, su rostro, su voz. No fue hecha para esto. No fue hecha para ser usada, ni violada, ni reproducida en cosas que no comprendo. Les pido, por favor… que paren.
Sube el video. Lo publica en todas las plataformas posibles. Por un momento, siente alivio.
Por primera vez, habla directamente, sin filtros ni intermediarios.
Pero la respuesta no es lo que espera.
En cuestión de horas, el video se vuelve viral. Y no por empatía.
Los comentarios se llenan de burlas, insultos, amenazas.
Usuarios empiezan a investigar quién es ella realmente.
Encuentran sus redes, sus fotos familiares, sus antiguas publicaciones.
Y entonces, se reanuda el ciclo.